
Cruza por la callecita empedrada con su tacos aguja y la cintura ceñida como corresponde a la femineidad.
A las 7 de la mañana hace frío en el invierno porteño de los años 60’s, después no lo hará tanto. Lleva hasta guantes al tono de los zapatos y con orgullo pasea una corona invisible que el "Club Social San Juan y Boedo" le ha puesto la primavera pasada.
Camina perfectamente. Erguida, derecha, con lo se supone para afuera y con esbelta coquetería.
Caminar no se aprende, ni se contagia, se hereda y a veces.
Sus taquitos aguja apuran por Retiro. Será desde aquél día una buena mujer.
Le dirá “.... hasta aquí hemos llegado” aunque pierda el salario.
Será lo que corresponde!
La pretende un tal Rodolfo Matienzo, del que todavía sonríen las hermanas después de cincuenta años como geishas avergonzadas detrás de un abanico y sin soltar palabra.
Cruza con sus taquitos por Retiro.
-Cómo lo tomará Don Matienzo-, se pregunta.
Matienzo seguramente habrá explorado las costuras de los trajecitos que ella lucía. Quién sabe hasta dónde le metió mano. El don era su jefe, casado, baboso, un tanto socarrón y sinverguenza con poder detrás de unas buenas faldas y de cualquier coima que engrosara su bolsillo.
Cruza apurada por el frío hasta el Edificio Libertad. Entra al gran hall, mira impaciente los números ascendentes de "Ascensores Otis", se reacomoda, vuelve a mirar los números, golpea al botón insistentemente, elige la escalera, repasa lo pensado, llega al cuarto piso jadeante, acomoda su pelo con una mano y con la otra sostiene el picaporte de la oficina del tal, respira hondo, y abre la puerta descubriendo a Matienzo con un tiro en la cabeza y a su mujer de rodillas apuntándole.