Una blusa de gasa cae inevitablemente como cae una caprichosa hoja en el otoño. La espalda se apretuja contra la pared del pasillo de aquel departamento. “Acá no!”, llega a susurrar ella queriendo que ahi, y en cualquier otra parte, también. “Acá no”, le repite ahora sonriente al maestro desabotonador de los botones de nácar. Ella sabe que él ignorará, como debe ser, lo que debe ser ignorado. Su cuello ya con penosa voluntad se inclina hacia atrás pintando de pelos la pared antigua. El baja por ella sujetándole los hombros desnudos con tres manos y comiéndole el corpiño de tul con toda la carne dentro. Con las mismas manos de pulpo creativo le investiga el medio acuoso que va creando y la convence de lo que ni hace falta. La cuarta mano de él toma la de ella fría hacia la tela que lo mantiene del desprendimiento. La quinta, sexta y séptima mano se encargan de lo que queda de fibra sintética dejándolos con la piel que mejor visten. Los ángulos se redondean y se entibian y los huecos se llenan como puzzles en torcidas combinaciones. Gestos, mínimas direcciones, olores, redondeces, compases naturales de la piel. Con la octava mano ella le escribe las últimas palabras en la piel. El calor y la lluvia se meten dentro. El transpira y ella se lleva ese sudor que no lava porque el amor no se lava. Se abotonan y acomodan todo en su lugar, se retira lo encajado, se aplastan los bultos y se busca por el suelo para no dejar rastro.
No tuvieron el tiempo suficiente. Les faltaron algunos miércoles más, cuatro tal vez. Si! con eso hubiera estado bien.
....Y vivieron felices a veces y otras no, y no comieron perdices porque eso es muy caro. Eso es lo que sabemos de ella. De él no supimos nada más.