sábado, 7 de agosto de 2010

Silencios


english
El barco llegó a Puerto Blest, una vez más enero. Recuerdo llevaba una pollera de algodón larga, alpargatas, y una camisa que nunca olvidé. Todo era blanco.
Era uno de esos días donde una muchacha sabe que la belleza natural está de su lado.
Quería estar sola entre piedras, y árboles. Caminé por horas, y más.. Me metí sola en el bosque de Puerto Blest y me dejé perder. La humedad que se concentra entre esos helechos latinoamericanos y coníferas milenarias daban las mejores condiciones atmosféricas para que duendes andinos revolotearan invisiblemente frente a mí.

Al volver creí notar la presencia de alguna gente. La soledad bendita me apretaba tan fuerte esos dias, y el sol austral aún más, que mis registros externos habían quedado en el puerto al salir.
Era yo y era mí. Y el silencio, era solo mío.

Algun extraño sentido me hizo saber que alguien me había mirado al llegar. Apenas, alguien.

Subí a la embarcación de vuelta a Llao-Llao, el sol me pegaba en el pelo con los mejores brillos que me ha dado jamás. La belleza de aliada, y la comodidad en mi piel hizo el resto,...y no hizo nada.

El me miró, el mismo alguien de entonces, y se sentó enfrente mío. Dijo algunas cosas que tampoco oí. Como venía de silencios no le hablé, pero lo miré, destilando peligro. Estaba tan cómoda, que lo que quería decir, el lo escuchaba de mis ojos y de alguna sonrisa. La piel del color natural del atardecer, de los helechos, y de la humedad.

¿Te han hablado de los atardeceres en esa latitudes surenas? Si no los ha vivido, lamento decirte que jamás has visto uno. ! Así de simple!

Dormimos juntos en el km.19 a orillas de la Laguna El Trebol esa noche de pelos brillantes, manos sabrosas, y bocas llenas de momentáneo amor.
Seguí sin hablar dos días más.

Que será de aquel a quien miré...