
"Qué feo vivir solo", murmura al entrar. Siempre repite lo mismo, aún después de haber probado la compañía y el molesto respirar de algún otro a su lado.
El calor arremete por todas las ventanas de la casa cansada, algún hueso duele, la paga es mínima.
Antes de recortar el pan como a él le gusta recorre el silencio, toma el libro de Cernuda, lo abre en la pag. 42 y se echa en su sillón mimbrero, comienza a leer.
Sabe, se acerca la siesta.
El calor de tintorería es pegagoso y el producto de esa humedad y del vapor triste de su cuerpo destiñen a Cernuda sobre su camisa blanca de poplín. La misma pesadez es la que lo despierta y confundido resbala el libro al suelo de gres
El invento de Gutenberg funciona. Se asombra, no mucho.
No puede leer la poesía carnal inscripta en él aunque estira y estira la tela como un niño con su babero infantil.
El primer reflejo de algun espejo...
Allí sonriente se lee cuánto amó.
"...si mis ojos se cierran es para hallarte en sueños,
detrás de la cabeza, detrás del mundo esclavizado.
En ese país perdido que un día abandonamos sin saberlo..."