
El lleva el pelito atendido y moralmente aprobable, ella un gancho de plástico rojo sujetándole unos pelos lacios y largos. Y se miran, y se miran.
El se le mete sonriente por una bufanda tejida, en apariencia a mano y por abuela, hasta encontrar un poco de su piel. Ella le sonríe envuelta en lanas, y despega la cabeza de la ventanilla de un colectivo porteño. El sigue revolviéndole la misma lana en busca de más piel. Ella le sonríe y murmura "te quiero", mientras el broche se le va deslizando lentamente de sus pelos suaves. El tiene cara buena y la mirada de anteojos y de amor. Ella sonríe y se acomoda en el hombro de él. Ella también lleva anteojos pequeños.
No se quedan quietos.
El vuelve a atacar la bufandita de ella y ella se contorsiona apenas, mimosamente. El le sonríe, ella también. Se chocan los anteojos y la lana de ella está ahora más sobre el cuellito de la campera de tela jean de él. Los gestos son parejos, simultáneos y porteños.
El mira hacia adelante y suspira orgulloso ese amor que le da nombre y calorcito.
Ella recostada sobre su pecho vaquero siente ese amor que le da nombre y el mismo calorcito que siente él.