sábado, 7 de agosto de 2010

menú del día


Ella le siente llegar por el peso aprendido de su cuerpo sobre las escaleras de la entrada.
El mínimo ruido que hace con las llaves va indicando cercanía.
De la cocina salen los vapores del mediodía mezcla de pan, aceites fritos, carne dorada, ajos mutilados, y albahaca.
El se asoma a la cocina donde ella manipula utensillos largos revolviendo lo que queda por cocer.
El con cansancio del trabajo y sin saludar arroja las llaves por ahí.
Huele.
La huele hambriento y cerrando un poco los ojos. Le saborea la carne, la del cuerpo igual de dorada que guarda su lencería común, la mordizquea bajando, la tuerce para lamerla mejor, se inclina, le aprieta la cintura contra la mesada para degustar su ombligo y ajusta esas piernas que lo van guiando amable y sonrientemente.
De postre, se le queda chupando el femenino secreto de su aceite.

El no hace más que perder peso y ella lavar ollas y congelar comida.