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Al entrar en la sala donde iba a ser masajeada durante dos horas y media, sentí el calor y la tenue luz de la velas. La música zen recorría el ambiente,y unos aceites almendrados y unas pocas toallas blancas me esperaban gustosos.
La ambiguedad de un masaje es que uno no sabe muy bien qué partes y hasta dónde se va a ser masajeado. Alguien nos tocará por un rato para descontracturarnos y volver aún mas relajados a nuestras actividades diarias. Todo sea por una buena y merecida relajación de los ajetreados músculos de Mary Poppins.
“Boca abajo y sin ropa” me indicó “J”, el masajista. Realmente nací para obedecer, aunque reconozco que solo en lo que me conviene. Tal vez esto se deba a la memoria latinoamericana o al íntimo secreto del gusto.
Así pues, me dispuse boca abajo y apoyé mi cara en el orificio a medida destinado al depósito de mi cabeza, cual hueca escafandra de espadachín. La música zen seguía y “J” comenzó su trabajo de abajo hacia arriba y de costado a costado en diagonales. Por cada milímetro del cuerpo de Ms. Mary se desplazaron unas grandes manos aceitosas y eficientes.
Los primeros 20 minutos me reía en silencio, y pensaba si esto se lo hace a mi hija le rompo la cara, pero no podía, Tampoco, debo aclarar, “J” fue del todo inapropiado, ahí radica la ambiguedad del asunto y el uso selectivo de la memoria juridica que me acompaña siempre para ver situaciones según mi momentánea conveniencia.
Después de esos 20 minutos de disquiciciones personales, decidí decir adiós con todo, y me relajé completamente. Siempre fui muy buena destinataria de masajes y los recibo con complaciencia. “J” percibió esta cualidad mía y se esmeró aún más.
A la hora de la intensa relajación a la que me había abandonado felizmente, no esperaba que “J” me susurrara al oído: "ahora date vuelta". Y una vez más, obedecí.
El ambiente estaba casi a oscuras salvo por la tenue luz de las velas. Sé y recuerdo que me cubrió los ojos con una toalla menor, y también sentí que me recorría el cuerpo con una pluma (que luego ví al vestirme que era negra). Los pies me pudieron, aceite de almendras tibio frotaron intensamente mis pies. Luego subió por mis piernas y ahí dedicó otra media hora. Una maravilla! Sé que el hombre disfrutaba con su trabajo. Alguien apasionado con su profesión, difícil de encontrar.
Brazos, manos, trasero, dedos de pies, ideas, codos, sueños, cuello, espalda en diagonal, a cuadritos, a rayas, todo mi cuerpo tibio, entregado, y amasado por las generosas manos del mejor obrero del cuerpo. El no habló y eso lo hizo aún más maravilloso.
Yo tampoco hablé.
Volví, y seguiré volviendo a “J”, artesano del cuerpo, generoso hombre del tiempo, y poeta de las manos y de la piel.