
Ya es otoño y el buen aire aligera todo un poco, y deja atrás la pesadez de lo que el calor abruptamente desparramó por la ciudad.
Por allá, la soledad y el peso de su historia andan empedreando con miedo a palpar, a saborear, pidiendo permiso por lo que la vida le debe, curándose a tientas, y temiendo tomar lo que desea.
Mas acá, la torpe libertad, la rebeldía, y las manos de mar amasan el único hoy a borbotones …
Y aquél busca el calor de ella lejano e invisible sólo presente en su femenina mezcla de húmeda seda y penumbra, para deshenebrarla pausadamente con palabras y abrigarse de ella un poco él.
Así, se permiten tirar de las hebras humanas que les recubren y se entretejen y se enredan y se entraman cuidándose de a ratos y por tantos, para embolsar de nuevo lo que les pertenece.
Los tejidos quedan hermosamente engarzados en el alma de ellos para taparlos del frio que inevitablemente les llegará.
Es otoño, y tu cuerpo más ligero de pesares se abriga sonriente con el alma mía que no está, para desaparecer por ahí, como a las 6:20 cuando ya oscurece otra vez en la ciudad.