sábado, 7 de agosto de 2010

ajedrez


english
Habia varios invitados esa noche.

Nos habíamos conocido hacía diez días no más, y con el cuento de “muéstrame tua citta”, me ofrecí a un minitur after work que sabía como acabaría, y en un auto que se quedó por la Lugones una noche de varias y previsibles tempestades.
En la primer noche del minitur ya coincidíamos sin parar, era el gusto de conocer y de empezar a gustar. Las ideas bailaban entendiéndose a mitades, por la distancia del lenguaje y por la delicada aproximación del italiano.
Lentamente empezamos a cruzar algo más que avenidas de la “mia citta”.

Volviendo a la noche en cuestión, recuerdo perfectamente como el italiano ocupaba la cabecera de la una larga mesa inglesa y, aunque no era el dueño de casa, imponía autoridad, liderazgo en la postura y una natural elegancia aristocrática entre varios jóvenes profesionales.
Yo estaba ahí entre el montón, horrorosamente tímida y con ganas de levantar el mantel cual niña chica y esconderme. La formalidad del momento me lo impidió.
Ninguno de los comensales sabía lo bien que el turista italiano estaba conociendo la citta, y a mí. Me dio gracia y cierto orgullo escuchar que otra joven argentina le había echado ojo y lo atosigaba con preguntas del "Para Ti".
El habló bastante poco, fue cordial, y seguro de sí.
Yo en cambio, en grupos tan formales puedo replegarme y adoptar el rol de suplente, mientras que en esta ocasión además de todo eso, ya estaba decidiendo cuál de las copas Baccarat iba a terminar rompiendo.
Yo no hablaba inglés y el italiano me lo imaginaba.
El resto de los invitados parecia muy conocedor de todo, muy cosmopolitas, muy viajados, muy puestos, muy muy.

El gobelino que por detrás colgaba acentuaba la exquisita decoración y me imprimía al instante un boleto para mi viaje mental.
Allí en el rincón de la izquierda estaba el maravilloso tablero de ajedrez, rodeado de otras tantas antiguedades. Alrededor mío sonaban distintas lenguas europeas y pretenciosos comentarios de los que captaba un tercio o menos.
El brillo y la difícil selección entre tanta cubertería me intimidaron y el anticipo de encajar y reincidir humanamente me hacían mas torpe todavía. Disfracé la torpeza con inmovilidad comatosa.

El águila de la cabecera me miraba, y envió un comentario bastante previsible cuando una de las contertulias le preguntaba "qué conocés de Buenos Aires?" "Te piacce?" a lo que respondió con un gentil y solapado mensaje encubierto hacia mí.
El controlaba. Yo, yo prometía torpezas que apuntaban hacia el cristal francés de forma irremediable.
La atracción y la espera de quién moverá la primer pieza en el juego de ajedrez.
Mis ochos peones estaban inmóviles. El me miraba y me envió dos o tres gestos mortales imperceptibles para la gran mayoría.
Yo tímida y fisicamente peligrosa. El elegantemente seguro de sí. Un fastidio!
Muchos comensales desplegaban una gran performance mientras que yo seguía de paseo mental con mi tablero y sus hermosas piezas de seducción, sin prestar atención a la conversación circundante, que sabía a él tampoco entretenía.
Quise desaparecer y no. Sabía del desperdicio del encuentro.

Le avisé al oído al verdadero anfitrión de la exquisita velada, simpático como pocos, que tenía que irme. Con la educación que le caracteriza me comprendió, le supliqué no se levantara y que sólo me indicara donde encontrar mi cartera. Me metí por un pasillo buscando la bendita llave hacia la huída.


...

Elegantemente, me tomó por detrás en esa habitación y me besó la espalda. Mi peón, 5.e3 Ab4 6.Dc2 se movió retirándose y dejándose besar. El avanzó cuatro de sus peones en forma simultánea 1.Cf3 Cf6 2.d4 e6 3.c4 b6 y yo deslicé timidamente hacia la derecha uno más 9.bxc3 0–0 10.Aa3 Te8. Su caballo adelantó por arriba 13...Dxd7 dos de sus peones pateándolos del tablero y avanzó hacia el mío directamente. Yo le enfilé el alfil en diagonal 6...Ab7, y él lo agarró con la otra mano que le quedaba libre mientras me recorría. Mi piezas iban cayendo lentamente en señal de derrota. Sus torres avanzaron comiéndose lo que quedaba en el camino Tad1 Tc8 13.cxd5, y las mías las derribé yo con su rey Tgt5 H8u.
Su caballo avanzó a galope afilando el alfil entre mi dos últimos peones.